Apenas 3 a. m.

por Daniel Pérez Juárez

Hoy supe que te extraño, aunque estés y no te encuentre. No es que sea más fuerte que tú, sólo miento mejor.
El tiempo se fugó entre tu sonrisa, cuando quise mirar atrás.
Tu voz me hace flotar, pero a dónde, será acaso a otra dimensión, al ocaso, al cielo, o sólo es el anzuelo para llegar a ti o tal vez la soga de este abismo, de donde nunca debí salir.
La música es mi único escape a la libertad, cada canción me lleva al lugar donde pertenezco, lejos de todo, donde sólo importo yo, donde me hago fuerte y soy invencible.
La poesía también me arrebata a un espacio donde sólo yo concibo mi realidad, donde nadie me hace daño.
Emerjo entre las calles solas, adornadas de patéticos puestos de comida en cada esquina como únicas luces que iluminan mi sendero a casa.
No sabes de mi maldita necedad por conservarme estúpidamente a tu lado, a quien no poder descargar mi furia cantando sin que escuches que en realidad te lo estoy gritando a ti.
Soy la intención más pura, pero también soy la más arrogante, exagerada, torpe, absurda, vulgar, pero siempre requerida por ti.
Los licores que bebo al amanecer no son para olvidarte, sino para saber que aún te amo, y que te digo entre sueños: abrázame, acércate a estos helados labios que separa el viento y bésame, el pavimento es fiel testigo de lo que te digo.
El jazz que ahora suena me tiene pensando en qué maldito momento escribiré algo decente para poder dedicarte, qué partitura debo de tocar para destruir mis oídos y así dejar de verte musa de mi distancia.
Ayúdame a destruirme por completo, sólo lo hiciste a medias, ayúdame a no encontrar mi lado noble o a odiarlo todo, ayúdame a no tener respeto y ser un pobre imbécil egoísta, narcisista, un yo despreciable, que saque su demonio dormido, te lo suplico, por favor, ayúdame a ser el más horrible de los hombres para que no sienta nada y así puedas quererme, ayúdame a ser esa persona.

Adiós sin esperanza

– Daniel Pérez Juárez

Ella se asomaba entre la multitud, su mirada reflejaba tristeza y soledad. A su alrededor una banda de viento adornaba su búsqueda. La gente gritaba, se movía al compás de la lluvia entre gritos y risas.
Pero ella sólo lo buscaba a él, que se encontraba distraído, acostumbrado a su pensamiento interior; con los audífonos puestos, retando al ambiente de la multitud y con los zapatos mojados por el pasto húmedo bajo la lluvia incesante. Levantó su vista y la encontró. El tiempo seguía para los demás, pero ellos fecundaron eternidad. Sus pupilas se cruzaron como flechas dando en el blanco.
En su vista periférica, todos desaparecieron, sólo quedaba la carpa y un espacio inagotable entre sus cuerpos. Sus miradas mostraban la impotencia de lo que alguna vez fue amor. Surgieron preguntas sin responder, y la oquedad entre las gotas se llenó de desconsuelo y mentiras piadosas que pudieron reconocer.
La repentina seriedad en sus rostros era la luz que consumía el hoyo negro de su indiferencia… Dejaron de mirarse, entonces él se fue dando un último gesto, y con un movimiento de su mano derecha, sello el adiós. Ella sólo pudo ver como se marchaba y se desvanecía ligado a la lluvia.
Él bajó las escaleras como desciende el agua de una cascada: rápido y nunca hacia arriba. Las lágrimas de ambos se confundieron con la tormenta, nadie notó esa despedida anunciada, nadie, nadie, nadie, y eso fue en lo que él se convirtió en ese momento, en nadie, en la nada.