Sin retorno

por  Persephone

Comenzamos a fraguar nuestro futuro juntos, pensamos que el amor consistía en besos largos y palabras bonitas, paseos por las tardes agarrados de la mano.

Tú creías en el amor que te habían inculcado tus padres, ese que siempre está envuelto en sacrificios, ese que da sin esperar reciprocidad; y yo creía en el amor libre, ese que va más allá de un contrato matrimonial, ese que se sella con acciones más que con buenas intenciones.

Construímos una utopía dentro de nuestra parámetros estrechos, de nuestra visión limitada y nuestra inexperiencia.

No contamos con el portazo de la realidad, con los puñetazos que nos da la vida cuando creemos que todo irá bien, y aun así nos aferramos, cuánto daño nos había hecho el amor romántico… Me enteré de tu infidelidad, pero sólo había sido una vez -ingenua- y te perdoné, perdoné también todas esa citas pospuestas y los días en que llegabas tarde.

¿Recuerdas nuestro intento de vivir juntos? Fueron sólo 9 meses, distintos a los que habíamos soñado, tú esperabas en mí a la abnegada, yo quería al esposo atento que me diera un beso después de regresar del trabajo. Ninguno de los dos obtuvo nada…

Por eso me voy, la distancia correcta tiene que ser aquella que nos pongan fuera del alcance del otro, y si tú no puedes hacerlo yo sí lo haré, porque aunque te amé, aún lo hago, no soy feliz contigo. No somos lo que esperábamos, no eres lo que quiero.

Me voy y te dejo en el buró todos esos sentimientos, las promesas y los sueños, esos que no tiene futuro y que nunca tuvieron sentido. Te dejo, esta vez no hay regreso, está vez tú tampoco intentarás detenerme.

Adiós sin esperanza

– Daniel Pérez Juárez

Ella se asomaba entre la multitud, su mirada reflejaba tristeza y soledad. A su alrededor una banda de viento adornaba su búsqueda. La gente gritaba, se movía al compás de la lluvia entre gritos y risas.
Pero ella sólo lo buscaba a él, que se encontraba distraído, acostumbrado a su pensamiento interior; con los audífonos puestos, retando al ambiente de la multitud y con los zapatos mojados por el pasto húmedo bajo la lluvia incesante. Levantó su vista y la encontró. El tiempo seguía para los demás, pero ellos fecundaron eternidad. Sus pupilas se cruzaron como flechas dando en el blanco.
En su vista periférica, todos desaparecieron, sólo quedaba la carpa y un espacio inagotable entre sus cuerpos. Sus miradas mostraban la impotencia de lo que alguna vez fue amor. Surgieron preguntas sin responder, y la oquedad entre las gotas se llenó de desconsuelo y mentiras piadosas que pudieron reconocer.
La repentina seriedad en sus rostros era la luz que consumía el hoyo negro de su indiferencia… Dejaron de mirarse, entonces él se fue dando un último gesto, y con un movimiento de su mano derecha, sello el adiós. Ella sólo pudo ver como se marchaba y se desvanecía ligado a la lluvia.
Él bajó las escaleras como desciende el agua de una cascada: rápido y nunca hacia arriba. Las lágrimas de ambos se confundieron con la tormenta, nadie notó esa despedida anunciada, nadie, nadie, nadie, y eso fue en lo que él se convirtió en ese momento, en nadie, en la nada.