El amor en los tiempos de Fey

por Julio Espejel

¿Y de qué otra cosa va a hablar uno en éstas fechas si no del amor? Podría preguntarles, o más bien contarles, qué representa el festejo del amor y la amistad según Google, pero mi ruta mental no va por ahí.
Respecto al tema, hoy tenemos mucha variedad de opiniones: hay quienes lo odian, precisamente porque no tienen con quién festejarlo, hay a quienes les parece un día común aunque les llegue un incauto con algún detalle y la mejor intención de hacerlos sentir valorados, para otros es el pretexto ideal para encamarse y muchos otros a los que les encanta y están todo ese día repartiendo buena onda y mucha amistad por doquier, sintiendo que traen alas y un arco. Y muy aparte están también los que esperan súper ansiosos la ocasión: todos los que venden chocolates, globos, peluches, condones, tienen cafés, restaurantes o moteles y en un día, sacan lo de una quincena, mínimo.

Personalmente, no creo en los festejos anuales para uno u otro motivo (día de la madre, del padre, del niño, navidad, etc…) porque me parece un placebo para nuestra falta de atención hacia dicho tema los otros 364 días; sin embargo, no es una fecha que me moleste sino que, más bien, me hace recordar las vueltas de la vida, porque muy probablemente, cada 14 lo festejamos con distintas personas, demostrando que nuestro amor o nuestra amistad muchas veces tienen una fecha de caducidad.
Y créanme que no lo digo por amargo: yo realmente creo en el amor. O lo que me hicieron creer que significa esa palabra. Y es ahí justamente donde quiero profundizar un poco.
A ver, vamos creando un contexto:

La década de los 90s la pasé de los 12 a los 22 años. ¡Qué ternura!
Eso quiere decir entonces que, toda la información que recibí durante los años principales en los que uno reafirma su identidad, fueron los 90s: etapa de transición y avance respecto a muchos temas que fueron generando que, los más jóvenes comenzáramos a adueñarnos de nuestras propias decisiones y del futuro del planeta (según).

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Los de la Generación X, que son los que ya tenían arriba de 15 años, querían hacer grandes cosas y revelarse por completo ante la ya entonces caduca ideología de los Baby Boomers o sea, nuestros padres, básicamente. Sin embargo, no contaban con todo lo que iba a suceder y que, justo aquellos que estaban naciendo en esos años (los millennials), serían una generación mucho más fuerte que vendría ya con muchos chips de adaptación y lucha que, en ese momento no se veían venir todavía; me refiero, de entrada, a la era digital y una nueva forma de globalización que, para la mayoría, iba a representar un cambio radical y nada fácil.

Bueno pues, mientras unos nacían y otros eran los nuevos encargados del planeta, yo estaba apenas en una lucha por definir quién era y empezar a formar mi propio criterio, como bien iba pudiendo. Y de alguna manera porque la década en curso ayudaba bastante y lo iba haciendo casi sencillo; justo porque, en ese entonces, los de mi generación seguían siendo un poco rebeldes contra ciertos temas ya establecidos pero, la verdad, es que seguíamos siendo demasiado fresas.

Queríamos una libertad sexual que no sabíamos dónde vendría a parar, por ejemplo. Había una inmensa necesidad de expresión que se notaba en la forma de vestir y peinarse. Todavía nos tocó (aunque me duela aceptarlo) la televisión de las caricaturas ñoñas, las telenovelas tradicionales y programación deportiva; párale de contar. Todo muy controladito por los medios de comunicación. Leíamos ERES, 15 a 20 y ese tipo de cosas que, ahora entiendo, también nos llevaban por un viaje de descubrimiento hacia lo que representaba pasar de niño a adulto y nos bombardeaban con la moda, las noticias de los famosos y miles de tips para ligar, elegir una carrera, definir tu personalidad y ser alguien en la vida. No diré que eso estaba mal porque, como dije, estábamos buscando romper patrones y ser lo más auténticos posible, alejándonos de las formas. O lo intentábamos.

En mi caso también seguro cuenta el que estaba demasiado imnerso en una escuela católica donde, la mayoría de mis compañeros eran bastante tradicionalistas y de una u otra forma eso me influenciaba. Y justo hacia allá voy.

Recuerdo que, a finales de los 90s, que era más o menos cuando mi vida sentimental iba iniciando, la forma de comportarnos era muy diferente a como funciona hoy en día. No voy a generalizar pero lo común era, por ejemplo, salir varias (a veces muchas) ocasiones con alguien antes de andar y por supuesto era muy difícil que, en un primer acercamiento con alguien, hubiera contacto sexual; se trataba de ir conociendo los gustos, actividades, amistades y forma de pensar de la otra persona para, luego decidir si venía un siguiente paso. Por supuesto, la mayoría respetaba a los ligues o parejas de los amigos y no se usaban los frees todavía y mucho menos andar explorando todos contra todos en un grupo de cuates, aunque quizá sí había ganas de hacerlo. Todavía a muchos, en casa, nos tocó el modelo de la familia tradicional y el matrimonio “hasta que la muerte los separe”. La infidelidad era de lo más reprochable justamente por una educación monógama muy arraigada desde tiempos inmemoriales y con la cual fuimos adiestrados también. Éramos manita sudada y muy fijados en los detalles; recuerdo que todavía usábamos cartitas, recaditos, flores, canciones dedicadas y un sinfín de cosas que seguramente parecerán de lo más cursi para los más jóvenes. Parece de la época de Angélica María pero así fuimos todavía: teníamos la ilusión de un amor de película para permanecer ahí por el resto de nuestros días. ¡Error!

Yo tengo la fea costumbre de rodearme con gente más joven y definitivamente su rollo es otro; todavía no termino de entenderlos por completo. Me sorprende un poco su forma de relacionarse aunque ha llegado el punto en el que también me parece lógica su pensamiento: si no tuvieron chance de experimentar esas cosas, ¿cómo van a tener la misma idea del amor sin haber vivido lo mismo desde que fueron niños? Mientras nosotros escuchábamos “Media naranja”, “Mírame a los ojos” o “Enamoradísimo”, ellos han crecido con “Dame la batidora”, “Sin pijama” o “Felices los 4″, por ejemplo. Es obvio que hay un inmenso abismo de ñoñez entre unas y otras. ¡Y eso seguro debe cambiar tu forma de entender una relación! Para ellos resultaría ridículo cantar: ” estoy tarumba, claro que sí”…

El caso es que, en algún punto llegué a esa conclusión: los jóvenes hoy por hoy, aman de otra manera muy diferente.

El otro día encontré una imagen que les comparto y que, justamente resume parte de lo que pienso: el miedo a enamorarse o al compromiso y a ser lastimado genera una careta muy funcional actualmente y dicta todo un código de comportamiento entre individuos que, lejos de disfrutar de una relación, viven en una lucha de poder y la constante defensa ante la otra persona. ¿Gana el que lastima más y sale ileso? Se trata de perder lo menos hasta el último momento.

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Y entiendo entonces que no podemos pedirle peras al olmo y sin embargo, yo los noto muy despreocupados frente al tema. ¡Así funcionan y ya! Entre packs, memes, publicaciones, bloqueos–desbloqueos, perreo, sexo casual y otro tipo de intereses al buscar una pareja o alguno de sus juguetes sexuales, depende. Al parecer esa es la idea que tienen del amor. Muy diferente a la que me vendieron a mí. Por mi parte más bien defiendo el riesgo a entregarse y estar consciente de que, muchas veces es mejor pagar el precio de un corazón roto a cambio de todos los días inolvidables que pudo regalarnos una persona, al hacernos experimentar esa indescriptible sensación que, estoy seguro, algunos ni conocen por no permitirse llegar al fondo de sus emociones. O porque fueron lastimados. Triste.
Pero yo no son un niño normal. Nací en el auge del amor pop. Como dice Mecano: “yo soy uno de esos amantes…”
Y creo que así seguiré: cantando y bailando ñoñerías cada vez que aparezca ese revoloteo en el estómago.
Soy Xennial, entre otras cosas. ¡Lo siento!

¡Feliz 14 de febrero!
¡Nos leemos después!

1. El sueño

– Julio Espejel

Esta vez tenía planeada para la entrega, una anécdota que ya tengo bastante masticada para presentarles algo que, tiene que ver con los sueños juveniles y me pareció bastante acorde con las fechas que atravesamos ahora, tan aptas para establecer nuestro futuro inmediato.

Sin embargo, durante la madrugada de ayer justamente, me inquietó un sueño que tuve mientras dormía y que, llamó mucho mi atención y me dejó pensando en algo que quisiera compartirles, antes de que lo olvide.
Resulta que, de pronto me doy cuenta que estoy en una reunión tipo una comida, donde hay mucha gente. Yo muy feliz. Entonces, empiezo a platicar con una mujer que conozco desde niños porque es una amiga de la familia, desde nuestros padres. Cuando la charla inicia, me pregunta cómo me va. Yo le contesto todo emocionado que me va muy bien, le platico de las cosas que hago y mis próximos proyectos. Ella se sorprende y me responde con un aire de sabiduría y empieza a darme consejos tipo:

– ¿Oye y por qué no mejor dejas ese trabajo tan informal y te buscas otra cosa que te dé mayor estabilidad?

A lo que yo, obviamente externé mis motivos y rematé con un:

-¿Tú sí tienes un trabajo muy estable, no? Por eso me lo dices…
Ella afirmó. Seguimos conversando.

Le comenté entonces de un coche que me gusta y pretendo comprar. Lo mismo: que ese modelo no era el mejor, que por qué no me compraba tal otra marca que muy buena, etc. Le hice hincapié en que, si ella tenía el coche que me había recomendado o al menos uno de la mentada marca, tomaría muy en cuenta su sugerencia. Yo sabía que no era así. Le hice ver, sutilmente que ¿cómo podía recomendar algo que no conociera realmente? Cambió la conversación y ahora me preguntó acerca de donde vivo.

Me puse a platicarle, justamente, que estaba buscando un nuevo lugar. Por supuesto ella me hizo la mejor guía de los más tranquilos, mejor comunicados, de mejor precio, lo más moderno y remató recomendando que lo mejor para alguien como yo, lo mejor era un departamento de tales características. Riéndome, le dije:

— ¡O sea que ya te dedicas a los bienes raíces! ¡Te felicito!

Y más risa me dio cuando vi que no entendió mi respuesta y siguió hablando, muy quitada de la pena y me preguntaba más cosas, sin piedad. Para todo tenía una respuesta infalible.

Me di por vencido después de que, me hizo replantear mi trabajo, diseñó el departamento “de mis sueños”, me escogió auto, reorganizó mi negocio, me planificó las vacaciones, me dio consejos de cocina, me abrumó con lecciones de ventas y relaciones interpersonales y si me descuido ¡hasta me termina casando con alguien, la muy sin vida propia!

Lo peor es que, cuando decidí no seguir haciéndole caso, ella buscó al primer solitario que se le puso en el camino que, además, era uno de mis grandes amigos. ¡Pobre!

Desperté muerto de risa, literalmente. Entonces traté de entender un poco la situación que mi cabeza había generado porque, de entrada, los comportamientos de mi antagonista, no se parecen en nada al cómo es en la vida real. ¡Y me cayó tan gorda!

Y entonces vino la reflexión matutina mientras seguía hecho bolita bajo las cobijas. Pasé de la risa a la indignación.

Primero traté de comprender el motivo para haber tenido un sueño tan absurdo que me hizo reír tanto. Lo descubrí y así llegué a la siguiente conclusión: desde hace cierto tiempo y debido a ciertos objetivos personales, me hallo muy al pendiente de la disposición de las personas para recibir una idea diferente a la suya y hasta dónde son capaces de llevar las propias.

No es que sea de mi incumbencia mientras a mí no me resten claridad y entusiasmo; cada quién sus decisiones. Pero en este caso, la figura y la postura de este personaje de mi sueño, sí me incumbía porque, entre tantas ganas de persuadirme de lo que ella creía mejor para mí, aderezado con su postura adulta, exitosa y con todas las respuestas en su mano, me resultó chocante. Y lo que te choca te checa, dicen por ahí…

Me di cuenta que, efectivamente, hay muchas personas que tal vez, sin darse cuenta, se dedican a boicotear o tratar de matar el entusiasmeste o de otro sector (el team de Los Soñadores, pongámosle) de los que buscan realizar grandes objetivos. O no tan grandes pero que, al final, son de cada uno.

En esta ocasión no quiero hacer alusión a ninguna generación en específico aunque sea el tema de mi columna pero, a esos malvibrosos yo los nombraría “X” justo por lo que, a los de la generación X los bautizaron así. Repito: en verdad no es alusión sino que, desde hace mucho a las personas y situaciones intrascendentes, les decimos así: “X”.

Y no es por intrigar pero, ¡la fecha de nacimiento de mi amiga, corresponde! Fuera de generalizaciones o prejuicios al respecto. Juro que mi disertación fue hecha esperando comprobar lo contrario. A final de cuentas, sea por parte de quién sea, no está padre venir a contradecir los sueños de nadie, ¡sólo porque tú no te los crees!

¡Una vez más la fortuna de ser Xennial! ¿Cuál eres tú?

Y como la siguiente colaboración trata sobre lo mismo y está relacionada, nos leemos la siguiente semana.

Aprovechen enero, mes de propósitos. O metas.
O sueños…

¡Digan NO a la contaminación, porfa!