Esos sueños

– Jules B

Pues como les habíamos comentado, la publicación que leerán a continuación, está relacionada con la anterior, que trataba de un sueño. Sin embargo, ésta habla de otro tipo de sueños y surgió de un episodio del que fui testigo en el bar donde trabajo los fines de semana, y del cual, muchas veces obtengo bastante material para analizar, como lo que ahora les voy a narrar y que me dejó una reflexión que, desde hace semanas, ha ido tomando forma.

Resulta que, una tarde de diciembre común y corriente para muchos, llegan al local tres jovencitas con bastante actitud de fiesta y lo primero que me dicen es que querían una mesa grande como para 15 personas. Les juntamos varias de éstas para cumplir su petición y comenzar con el servicio. Noté que todas llevaban bolsas de regalos así que deduje que iban a festejar un cumpleaños. Pidieron un combo de 6 caguamas y papas, con lo que me di cuenta que realmente esperaban a más. Otro de esos grupos de chavitos que, llegan contando sus monedas para comprar lo más accesible con tal de pasar un rato agradable de convivencia, sin importar que andan limitados de recursos pero sobrados de ganas de expresarse y convivir con otros en la misma situación.

Y esos me dan mucha ternura porque, sea como sea, se la pasan lo mejor que pueden hasta que se les acaba el dinero y la hora del permiso y salen corriendo todos mareados porque mientras, ya estuvieron bailando, bebiendo a toda prisa y dando gritos y carcajadas como si fuera el último día de sus vidas.

Al poco rato de que habían comenzado a beber, llegó la siguiente parte de los protagonistas de esa noche, también con su regalo en mano. Se sentaron, se sirvieron y se pusieron a platicar; nada fuera de lo normal. Y así hasta que se reunió todo el grupo. Había de todo: chavitos muy arregladitos, otros medio pandrosos, algún tímido que sólo observaba, los que pretenden ser el o la líder del grupo, al que todos admiran, el gay, la alternativa medio emo, la gordita buena onda, el sabihondo y la mamona. Lo normal. Comenzaron a interactuar y yo feliz, observando lo que ellos ni siquiera notaban.

Resulta que no era un cumpleaños sino un intercambio de regalos pre-navideño. ¡Y empezó la acción! Entre aplausos, burlas y aspavientos, fueron entregando cada uno muy emocionado, el respectivo obsequio.
Me llamó la atención que se comportaban como si fueran un grupo de adultos reunidos para festejar sus logros inmensos, su larguísima amistad y todo el éxito acumulado en sus respectivas profesiones. Así que, me volvió a invadir esa simpatía por esos niños recién crecidos que, si acaso, estarán en los primeros grados de la universidad, según calculo.

El caso es que siguieron pidiendo bebidas justamente como si fueran lo que antes describí y saliendo de mi pronóstico, siguieron pidiendo bebidas más fuertes sin que nada se les saliera de control todavía. ¡Muy adultos ellos a sus 20!

Después de un rato sin pena ni gloria, vino el reajuste típico: los que no están integrados y cómodos comienzan a irse. Ya cumplieron, ya hicieron acto de presencia y deciden irse para hacer la tarea o cualquier otra justificación que pueda servirles para escapar. Pagaron su primer cuenta y, como siempre, los que quedan, son los que seguirán hasta el final y darán el giro al rumbo de la reunión en mayor confianza y hermandad. O deseo sexual, depende.

Resulta que siguen pidiendo bebida y se concentran, principalmente, en dos grupos. uno de mujeres y uno de hombres (como en Vaselina ¡en pleno 2018! pensé). Entonces en algún punto, una de ellas, que ya había estado en el lugar, me hace plática y me cuenta que, a raíz de su última visita al lugar, se hizo más amiga de la otra ahí presente por un enredo que superaron en el que, el que salió perdiendo fue el novio que supuestamente andaba con las dos.

Una historia que a pesar de que no llamó tanto mi atención, sirvió para tener otro tipo de acercamiento más informal con ellos. Entonces, aprovechando que ya se había roto el turrón, como dicen las abuelitas, el bando de los hombres me pide unas cuántas canciónes que en mi vida había escuchado nombrar; de hecho las tuvieron que apuntar para que el de la música las ubicara. Cuando las pusieron, todos, sin excepción, se pusieron a cantar a grito pelado. Entonces le comenté a mi compañero que cómo cantaban con tanto entusiasmo una canción absolutamente desconocida en apariencia.

Y no sólo a mí me llamó la atención sino también a la mesa de al lado que estaba conformada, según me dijeron, por tres ingenieros de sonido que estaban trabajando en un evento de rock que estaba por iniciar en otro bar que está sobre la misma acera y que los mantuvo entrando y saliendo del lugar en el que estábamos. Hago énfasis en ellos porque, sin querer, también participaron en mi historia de esa noche.

Medité acerca de cómo a veces, la vida distribuye a las cosas y las personas en determinado lugar y cómo éstas conectan o no entre sí. Seguro que, si los chicos hubieran sabido quiénes estaban en la mesa de junto, habrían querido interactuar y probablemente, los mayores habrían provocado precisamente lo contrario. Y empecé a comprobar cómo los años, muchas veces, nos hacen cambiar la perspectiva que tuvimos en algún momento; me pareció de lo más irónico la distancia física tan corta entre ambos grupos que, en la mental se hallaran tan alejados. Y hasta me puse a imaginar que, en algún momento, los segundos terminaran trabajando para los adolescentes rockeros en algún evento internacional.

Poco a poco la demás gente se fue y al final sólo quedaron los chicos, a sus anchas. Siguieron cantando, bebiendo y fumando hasta que, una de ellas (una niña muy dulce que se mantuvo muy correcta todo el tiempo), se acerca a la barra y pide una canción de Lupita D’Alessio: la de “Mentiras”. Y todavía se me ocurre decirle que esa se cantaba con un shot de tequila y ella accedió. ¡Error! A media canción, la mujer se deshizo en llanto y salió corriendo al baño. Estaba dolida evidentemente. Todas las demás corrieron en su auxilio mientras iban y venían pidiendo servilletas, agua mineral, un dulce y cosas por el estilo.

Mientras tanto, nuestros machos musicales traían una terrible discusión sobre si estaba bien o no que, el que entiendo que era el líder de la banda, besara a una de ellas que, según dijo, le gustaba para tener un encuentro fugaz nada serio pero le daba remordimiento. A lo que uno de sus amigos-admiradores le dijo:
“¡Tú puedes hacer lo que quieras, cabrón! Acuérdate que, en unos años serás rockstar y los rockstars no siguen las reglas. ¡Difruta la vida!”

El otro obedeció y después de que, ellas salieron del baño, la Lupita D’Alessio hizo lo que pudo para recomponerse frente al espejo y salió pidiendo disculpas, todos decidieron seguir la fiesta en otro bar. Y mientras pagaban, antes de irse, el conflictuado decidió darse el gusto, besó a la chica y se fueron todos.

Y fue ahí donde vino el análisis por mi parte respecto a lo visto: me queda claro que cuando estamos en esa edad, queremos comernos el mundo, soñamos con el amor, la fortuna y la fama; tenemos planes que, para muchos, resultan imposibles.
Yo mismo me puse a recordar cuando tuve esa edad y mi manera de comportarme en función de mis ideales. Y sentí nostalgia.

Pensé en los de la otra mesa quienes, muy probablemente, tuvieron la misma expectativa años atrás y sin embargo, la vida los llevó a otro sitio dentro de la misma industria pero no sobre un escenario. O quizá no y sólo lo imagino; pero el caso es que me sirvieron como contraste con los jóvenes soñadores rockstars.

¿En qué momento se desactiva esa chispa y esas ganas de lograr lo que te propusiste cuando adolescente? ¿En qué parte decides quedarte como espectador y renunciar? ¿Por qué dejaste de creer? ¿Tendrá eso que ver con las frustraciones que muchos adultos cargan hasta la muerte? ¿Cuándo es que decides escuchar más a los que tienes afuera que a tu voz interior?

En realidad ahí terminó la historia pero a mí me siguió resonando y por eso se las comparto.
¿Cuál de todos estos personajes eres tú? ¿En dónde están tus sueños: en tu pasado o en tu presente? ¿Sigues tras de ellos o ya los olvidaste? ¿O los vendiste, regalaste o tiraste a la basura? ¿O ni lo recuerdas?

Sólo eso. No tengo más que decir.
¡Hasta la próxima!

La crisis de Año Nuevo

– Julio Espejel

No sé ustedes pero para mí, el recién finalizado 2018 fue un año bastante duro, lleno de pruebas y lecciones, pero no podría decir que fue un mal año. Al contrario: fue de los más significativos, cambiantes y cargado de replanteamientos en objetivos, relaciones e incluso maneras de pensar y actuar.

No quiero decir que para todos haya sido igual: seguro hay quienes opinan que fue terrible. Y sí: lo fue si no entendimos que todo apuntaba hacia un ajuste y un nuevo comienzo para el cual, era indispensable recibir algunas sacudidas fuertes y volver a nosotros mismos antes de seguir adelante hacia una nueva fase a nivel global. Pero esa afirmación puede sonar extraña y pretenciosa para algunos de ustedes y solamente la dejarán pasar.

Insisto: no todos lo verán del mismo modo aunque estoy seguro de que el putazo nos llegó en general, en mayor o menor grado. Pero ese no es el punto sino que, justo a días de haber comido las 12 uvas, me siento con una especie de resaca que me dejó el cambio de año; después de tantas ganas de festejar a tope todo lo ocurrido durante esos 365 días que, al consumirse en el calendario, me hicieron llorar de agradecimiento y felicidad. Bueno de por sí soy bien chillón, eso sí.

El caso es que, después de ese tránsito que para muchos es solo una convención (porque el tiempo es una estructura y las ganas de cambiar no tienen que ver con una fecha, dirán), algo se modificó y de pronto me encontré con que estaba sintiendo un inexplicable vacío. Así que me puse a examinar el motivo del mismo. No podría definirlo exactamente: fue como ese remordimiento cuando uno compra cosas y después se arrepiente por haberlo hecho, como un examen de conciencia antes de confesarse, como una depresión post-tacha o el momento incómodo en el que uno sabe que acaba de decir una imprudencia sin pensar; como una cruda de ron barato o la impresión de estar rodeado de mucha gente pero al final, con una sensación de abandono y soledad. Realmente no puedo describir esa extraña emoción aunque, al final creo que no era más que el miedo a lo que está por llegar en una nueva etapa. Y entonces comprendí que resulta casi normal cuando tantas cosas se han sucedido y han movido los aspectos que teníamos establecidos como algo seguro. Y esos avances causan incertidumbre.

Y me di cuenta además, de que muchas veces buscamos un desajuste donde ni siquiera existe y vamos de crisis en crisis: la de los 20, la de los 30, la de una relación de pareja, la existencial, la de identidad, la vocacional, la económica, la menopausia, etc. Y justo me inventé, inexplicablemente una crisis de Año Nuevo cuando en realidad lo único que me correspondía era agradecer por el momento en el que se encuentra mi vida.

Entonces entendí otra cosa: muchas veces nos olvidamos de escuchar lo que nuestros sueños y nuestra voz interior nos aconseja y efectivamente, lo cambiamos por cosas materiales que nos distraen de los pequeños detalles que nos brindan la alegría por vivir (cosas como las compras, el ron, la religión, las tachas o esa necesidad de estar siempre acompañados, que mencionaba).

No intento ser moralista ni nada por el estilo, sino solamente compartir con ustedes esta reflexión e invitarles a que, si tienen propósitos para el 2019, los mantengan realmente y trabajen en ellos todo el tiempo (no sólo unas semanas) pero que también estemos pendientes de vivir plenamente cada uno de los días y sus noches, buscando esos detalles que dejamos de tomar en cuenta; sonrían todo el tiempo, compartan las horas con su gente en persona, seamos congruentes, consistentes, amables y prudentes. Recuerden también darse espacio para ustedes mismos y que se demuestren que, efectivamente, las buenas intenciones y el crecimiento personal no es cuestión de un festejo de cambio de año sino de un cambio de disposición hacia todo lo increíble que nos llegará durante los siguientes meses, hasta que vuelvan a soñar las 12 campanadas otra vez.

Les deseo un año muy lleno de cosas fantásticas y de la capacidad de maravillarse y mirar todo lo bueno que se nos brinda muchas veces, disfrazado de algo que creemos malo, sin importar nuestra edad, condición o forma de pensar. Les envío un saludo y nos seguiremos leyendo. ¡Por un feliz 2019 que está recién desempacado!