Las Juventudes de la CDMX

Por: Julio Espejel

En el último paseo que tuve por la Glorieta de los Insurgentes, lugar que siempre me ha parecido es un ombligo muy importante y altamente diverso en nuestra Ciudad, me encontré con que en la explanada, en la cual hasta a El Tri me ha tocado ver, había un grupo de gente presenciando una función de teatro, muy entretenida según noté; así que decidí acercarme un poco y ver de qué se trataba.

Resulta que lo primero que noté fue que era algo de leyendas que, de acuerdo a las fechas de muertos recién terminadas y lo evidentemente “pre-hispánico” que unas coloridas máscaras de ese estilo me dejaron entrever, supe más o menos de qué iba la historia, que ya llevaba rato de haber empezado. Poco a poco me fui acercando cada vez más porque, efectivamente, era una obra entretenida para esa tarde entre semana.

Con una sencilla y clara manera de mostrar a los personajes, con muy pocos elementos pero mucho desenvolvimiento escénico ¡y en plena Glorieta!, lograban expandir los recursos a una gran distancia. Me llamó la atención que la gente estaba muy emocionada tomando fotos y sonriendo ante tal irrupción en el espacio y en su día. ¡Qué hermosa oportunidad! Los espectadores por supuesto no esperan ser detenidos con una obra de teatro, o cosa similar.

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Semana de las Juventudes – Julio Espejel

¡Qué interesante!, pensé esta vez. ¿Qué tanto se podría hacer con un espacio así?

Y continué observando mientras me intrigaba cada vez más descubrir de qué evento se trataba. Hurgaba información en cualquier lugar a la redonda, tratando de no interrumpir el trabajo de los actores que brincaban de un lado a otro mientras se peleaban los 3 únicos micrófonos; de pedestal. Tomé un par de fotos y rodeé hacia el otro extremo buscando una señal. Allí estaba: me encontré con unas pancartas tomadas cada una por uno o dos jóvenes con un chaleco verde, como si fueran a nadar, todos llenos de entusiasmo.

Entre que miraba el final del espectáculo y que preferí tomar fotos a la información del evento, que ellos tenían en sus carteles, me fui acercando. Foto. Y al otro: Foto. Siguiente:¡Foto! Ellos muy entusiastas atrayendo a otros jóvenes al evento. ¡Foto!

Pero para cuando la obra de teatro terminó, la historia modificó de cierta manera: un hombre de unos 30 años quien, evidentemente vivía en situación de calle, se paró en medio escenario y se puso a bailar como un profesional, hasta donde la mona lo dejaba. Por supuesto que causó conmoción y no puede evitar el tomar un video (muy improvisado, por cierto) y comenzó mi análisis.

Regresé donde las pancartas y pregunté de qué se trataba todo eso a uno de los colaboradores más entusiastas. Me respondió que era “LA SEMANA DE LAS JUVENTUDES EN CDMX”.

¡Órale, qué loco! pensé. Y pregunté la finalidad de dichas manifestaciones: “colocadas en espacios poco frecuentados por grupos artísticos y al alcance de todo aquél que estuviera alrededor, principalmente los grupos de jóvenes más vulnerables para atender a sus carencias de oferta cultural y espacios de expresión”, según las propias palabras de el del chaleco.

¡Órale! Volví a pensar.

Según yo, este proyecto que busca repetirse cada año, a pesar de ser una excelente iniciativa, no estaba cubriendo la necesidad que busca satisfacer y eso lo reafirmé cuando nuestro bailarín en cuestión se cansó de ser el centro de atención y casi se cae, así que decidió regresar a la mona con su compadre el bolero y seguir tomando su refresco, a la espera de lo siguiente que sucedería en el “escenario”. Y a simple vista ya no hubo más.

Pero como la idea de “los más vulnerables” ya había sido insertada en mi cabeza, me fui acercando ahora a la pareja de relegados sociales que terminó siendo un grupo de tres cuando se acercó otro, que era extranjero y que evidentemente estaba, como los otros dos, viendo qué podía sacar de los transeúntes para poder continuar con su largo día en las calles.

Intentaron sacarme dinero, por cierto, argumentando que yo era extranjero y que ellos podían auxiliarme en la peligrosa Ciudad de México. Con un par de “a huevo”, un “te vas tendido” y algunas otras palabras muy de los capitalinos, carnales del mero barrio, para evitar algún atraco, le pinté raya y terminamos platicando muy amenamente de la policía.

Como quiera me zafé y observé, ya de lejos, a la estrella de esa tarde en “LA SEMANA DE LAS JUVENTUDES”; de cómo lo ignoraban después del primer baile, por más que él gritaba desesperadamente por un poco de atención. Quizá por un poco de compasión. Luego vi cómo transeúntes y usuarios del metro de pronto se volvían a sumergir en la cotidianeidad y sus problemas, olvidando los 15 minutos de show. Y de cómo a poco el hombre de naranja se fue sumergiendo a su vez en su mona y en sus problemas, olvidando los 5 minutos de fama y extinguiéndose en un rincón de la Glorieta de los Insurgentes, ombligo tan importante y diverso de nuestra ciudad.

¿Es real?

Repito: La necesidad del espacio no fue cubierta por el evento como fue concebida inicialmente, según yo. A pesar de que por “JUVENTUDES” supongo que se refieren, principalmente a  los que apenas están definiendo qué sucederá en su futuro, preparatorianos, universitarios y otros “estudi-hambres” o hasta los “ninis”, el sector de los jóvenes que trabajan por necesidad, etcétera; pero y ¿qué pasó con la necesidad de los “más vulnerables y desprotegidos que no tienen acceso a la cultura y a los espacios”? (SIC).

Evidentemente nuestro Joker región 4 tenía un determinado talento y muchas ganas de expresarlo. ¡Claro! ¡No era ninguno de El Gran Silencio o de algún grupo de teatro que pudiera presentarse! ¿Y sus ganas? ¿Y su caso? ¿Y su beca? ¿Y su reinserción a la sociedad gracias a un evento cultural, dónde quedó?

Mucho entusiasmo de los colaboradores de las pancartas dando la información para que todo llegáramos a los muchos eventos gratuitos que se hicieron por distintas alcaldías en lugares públicos muy populares. Muy bien. Pero realmente, ¿dónde estaban los verdaderos organizadores? ¿Dónde quedaron los que pusieron a funcionar y dieron marcha a la iniciativa? ¿Detrás de un escritorio? ¿O tomando fotos de lo que sucedía acerca de la presentación, sólo para reportarlo?

Considérenme un Grinch pero espero que todos aquellos que asistieron a alguno de los magnos eventos generados, lo hayan disfrutado mucho, hayan llevado su agua y sus papas para poder ver a su artista de forma gratuita y disfrutar, efectivamente, de una presentación única hecha para ellos, los jóvenes que forjan el futuro no sólo de la Ciudad sino del país. Que les haya modificado la vida. Por mi parte decidí no volver a interesarme en dar seguimiento a dichas actividades, por lo menos hasta la siguiente edición (si es que la hay) y mejor decidí compartirles este último episodio de mi paso por ese común y transitado lugar que, siempre me ha de sacar de la cotidianidad.

Nuestros niños hoy

Julio Espejel (Tw: @JulioEspejel_R)

Primero que nada quiero desearle un feliz día a todos los pequeños y que lo pasen ¡increíble! Porque en realidad no es del todo responsabilidad suya. Ojalá que el tiempo que reciban sea de calidad y los mimen mucho un día completito.
Y dicho lo anterior, ahora también quiero desearle un feliz #DíaDelNiño a todos los demás y les voy a explicar el por qué. Lo siento.
Desde hace varios días (y no precisamente por el día del niño) me ha estado llegando el tema del niño interior. Y no es casual, según yo, porque parte de lo que correspondía astrológicamente hace unas semanas (a mí eso sí me influye), era trabajar con el mismo; así que he andado al pendiente tanto de MI niño interior, como de los niños que veo dondequiera que voy.
Y no es cuestión de planetas (no voy a ahondar en eso ahora) sino tema de salud, diría yo. Lo del niño interior para nuestra salud emocional y lo de los niños que uno ve en todos lados es por salud de la sociedad y del planeta ¡no chinguen!
Lo digo porque, por ejemplo, el otro día iba en el metro y un niño de pronto se puso a llorar a gritos. Al principio pensé que iba a pasar en cuanto le ofrecieran un dulce o algo así, pero me equivoqué. El pequeño o pequeña (porque yo no alcanzaba a ver en dónde estaban) siguió llorando cada vez con más desesperación. ¡Y yo con uno de esos días complicados encima y casi sin haber dormido! Mi tolerancia era muy frágil y ya ven que luego me pongo un poco loco. Respiré profundamente.
El caso es que, el berrinche del niño (que he de decir lo sentí mås que como berrinche, como que algo en verdad lo había puesto muy mal) continuó durante todas las estaciones que duró mi trayecto y entonces, entre mi coraje y mi hartazgo pensé en decirle a la mamá, en plan señora regañona, lo siguiente:
Eso hubieras pensado: que si no ibas a ser capaz de tranquilizar a un niño llorando, ¿para qué lo traes a sufrir e ignorarlo, no?” y bajarme del vagón en modo prefecta de secundaria privada católica.
Y les juro que estuve a punto de hacerlo pero le dieron un twist a mi escena: cuando voy a bajar del metro, la madre se me puso en el camino dispuesta a bajar delante de mi. Y me paró en seco. Al verla. Porque estaba lejos de ser la mujer que, en mi cabeza tendría que haber sido: una de esas adolescentes super maquilladas y entalladas con cabello de algún color platinado (en términos del meme, La Britany) cargando a un pobre niño todo mal vestido, moquiento y despeinado.
Prometo que todo lo que digo no es ni por prejuicioso ni por clasista, sino por lo que implica una dupla así: la falta de educación (y hablo de la de las escuelas en México) y de la necesidad de hacer hincapié en temas de salud sexual y reproducción porque, los más jóvenes, al parecer, no se han enterado de todos los riesgos que hay, lejos de un embarazo; el embarazo no es un riesgo sino “una hermosa bendición que Dios les ha mandado y que seguro les va a traer una tortota bajo el brazo“, juran.
Y ahí tienes a La Britany en mamá luchona, pero también bien fiestera porque anda queriendo encontrarse al Brandon para que vea que sin él va a sacar a su chamaco adelante y que voy a encontrar a uno mejor que tú, ¡culero! piensa, en mujer empoderada, mientras se pone a ligar. Y como ese día le tocó llegar cruda a cuidar a su criatura, pues la desesperó y le metió aquél sangoloteo que lo hizo llorar. Todo eso me imaginé allí en el metro escuchando a la bebé. Esa era mi historia repetida por millones de casos de Britanys y Brandons que son en realidad apenas unos pubertos faltos de la madurez necesaria para engendrar y que, en nuestro país son el pan de todos los días.
Pero no era así y hasta me sentí mal por lo que vi: la madre era una mujer de esas que vienen de la sierra (o eso dicen) y que reparten papelitos para pedir una cooperación y, aparte de una caja con chicles, llevaba a una niña de la mano. Eso ya no es sólo tema de educación y de “La Rosa de Guadalupe“, sino de pobreza y mal uso de recursos. De un sufrimiento mayor de la madre que del niño por no poder abastecer ni sus necesidades básicas, según yo. Y también es tema extenso para discutir. Pero hoy es día del niño. Otro día.
Cuando bajamos del metro me quedé observando y la mujer entonces sentó a la niña y se agachó a consolarla y atenderla con todo cariño y paciencia.
Me di la vuelta enmudecido y seguí mi camino reflexionando un sinfín de cosas (ya que el trabajo era el niño interior): primero que nada pude notar mi poca paciencia y mi forma de reaccionar (porque el haberle dicho algo así a cualquier persona, no habría estado chido) y pensé en mi control sobre la ira porque a pesar de que iba en vivo y con un trayecto de los MUY pesados días de la #SemanaSanta, eso no era su culpa.

Fotografía de Internet

Y ya luego pensé en que a pesar de todo tengo razón: si no tienes la tolerancia para aguantar a un niño durante los próximos 18 años (al menos), ¡pues no te embaraces! No estoy hablando solo de las cuestiones económicas que implican muchísimas responsabilidades que no podrás evadir, sino en la cuestión emocional y de la estabilidad necesaria para mantener y atender a una nueva vida como se merece. Porque él no te pidió venir a éste planeta. Y no lo culpo. En este planeta estamos cada vez peor.
Cada vez hay más niños en el mundo. Y de esos, muchos viven en las calles, a muchos los obligan a trabajar, abusan de ellos, los maltratan, los matan, los venden, o los cortan en trocitos. A otros nada más no los pelan. A algunos de todos esos, les dan una pésima educación y un pésimo ejemplo al ser educados con ideas retrógradas que los transforman en pequeños adultos inflexibles, violentos y amargados desde niños y normalmente son los que hacen bullyng a otros, igual que sus padres. Muchos más están muriendo de hambre o no les dan oportunidad de ir a la escuela. En resumen: es muy común que los derechos de los infantes se vean mermados o aplastados.
En realidad el tema de los niños es muy pero muy extenso. Y normalmente me preocupa. Porque tengo un sobrino, por ejemplo, que es un niño muy feliz y que me recuerda mucho a mi mismo en mi infancia. Y de lo que se trata es de mantener niños así, que generen una nueva sociedad que seguramente se desarrollará de una manera muy diferente a la que a nosotros nos ha tocado. Y está bien. Estamos ávidos de gente feliz, buena, responsable, respetuosa y que ayuden a mejorar éste mundo. Pero bueno el tema era el niño interior y no los malos manejos de los humanos sobre La Tierra: hoy es Día del niño.
Yo no sé cómo le haya ido a cada uno en sus primeros años pero yo recuerdo lo que le he dicho a todo quien me conoce: yo no fui un niño normal, pero mayormente fui muy feliz. Hasta que crecí y me convertí en algo muy diferente. Muy diferente a los adultos normales y a lo que era de niño. Una antítesis de lo común y corriente. Entonces me enfrasqué cómo todos estos días, haciendo una poca de introspección. Hablando con mi niño.
Y luego, de pronto se me apareció el caso de una persona cercana de algún modo, que evidentemente está muy lastimada, como muchos de nosotros y a la cual le escribí diciendo que no entendía qué tanto debió haber pasado para que su niño interior se hallara dando de gritos, como la pequeña del metro. Pero sin gritar ni llorar; en silencio. Como muchos otros adultos que deambulan por allí.
A eso voy. Hoy es la mejor oportunidad que tenemos para analizar y recordar ese que fuimos y preguntarle si lo estamos haciendo bien, tal y como él lo soñó hace muchos años. Y respondernos. Y a partir de esa conversación, poder decidir cómo actuar frente a él, ante nosotros mismos y con respecto a los niños que tenemos al alcance. Porque si debemos tratar a los demás como queremos que nos traten o nos hubiera gustado que nos trataran, entonces creo que tenemos mucho que pensar respecto al asunto de la infancia, que resulta tan medular en nuestro desarrollo y tan urgente a nivel global.
El desearles un feliz Día del niño no se trata de que les regalen dulces y se vistan del Chavo del 8 sino de, a través de nuestro recuerdo de cuando fuimos niños, tengamos la capacidad de empatizar y adentrarnos en el mundo de los pequeños, que está bien padre aunque se nos olvide. Y en base a eso poder generar futuras generaciones más conscientes y humanas y que no padezcan de los males que nos aquejaron a nosotros con nuestros antecesores. El deseo real es que por un momento nos olvidemos de los chocolates, los juguetes y la ida al cine (que de niños nos cae muy bien) para que volteemos a ver hacia nuestro interior y demos un abrazo a quienes fuimos. Un abrazo profundo y sincero porque seguramente ese indefenso ser está arrinconado y sin luz, esperando que le demos un poco de atención. Porque eso necesitamos tanto él como el adulto. Y lo saquemos a pasear no sólo un día al año. Que nos ayude para que cada que veamos a un niño vunerable, hambriento, maltratado, explotado, abusado, llorando, sin zapatos, bulleado, golpeado y cualquier otra situación, que lo contactemos a partir de nuestro propio niño viviente y le demos un poco de comprensión y de dulzura. De niño a niño.
Y una vez hecho esto, que podamos permitirnos entrar en el mundo de nuestros niños cercanos y jugar como entonces. Y ahora sí ir juntos al cine a aventarnos palomitas, reír a carcajadas y corretearnos por un juguete. Porque se lo merecen y nos lo merecemos. Aunque sea por un día. Y disfrutemos de la vida como niños.

Fotografía de Internet

Ahora sí: ¡Feliz Día del Niño para todos!

¡PUM! (Onomatopeya)

Por Julio Espejel

Twitter: @JulioEspejel_R

27/03/19

Estaba muy tranquilamente platicando con un amigo de años cuando, de pronto, escuché un tronido sordo, que me hizo interrumpir la conversación con la pregunta:
“¿Qué se escuchó?”
“No lo sé”, contestó él. Y seguimos platicando como si nada.
A los pocos minutos se enteró en las redes sociales de que el volcán Popocatépetl (que nos queda relativamente cerca), había tenido una explosión no tan discreta, que se había escuchado en un radio de hasta 45 kilómetros de distancia. “Por eso lo escuchamos”, pensé. Y entonces se vino toda una plática respecto al suceso.
Habiendo vivido en el estado de Puebla durante muchos años, desde niño tengo muy presente la imagen del mismo. Para ser honestos, muchas noches mientras tenía esa edad, no pude dormir por la angustia de que hubiera una erupción apocalíptica en la que se generara una destrucción a la redonda que colapsara nuestras vidas perfectas de poblanos. Así lo veía yo: era un niño.
Conforme pasaron los años fui calmando esos miedos infantiles y me di cuenta de que “Don Goyo”, como le decimos amigablemente al volcán, no representaba ese riesgo ya que, algunas profecías, investigaciones y declaraciones científicas decían que el Popo nunca haría erupción, que no era probable que explotara de una manera violenta por las ligeras exhalaciones que tenía durante los años y que lo calmaban o incluso que, definitivamente a nosotros no nos tocaría presenciar algo así. Y lo creí, para disminuir mi preocupación y vivir en paz con tremendo monstruo de energía al alcance de mi vista todos los días. Hoy ya no estoy confiado.
Todo con aquél simple ¡PUM!

Popocatepétl – fotografía de la red 

No es que hayamos querido ponernos trágicos mi amigo y yo, pero el señor anda un poquito desatado en los últimos años así que, el tema en realidad se volcó sobre de otros que no están directamente relacionados. He de decir que, durante la conversación nos pusimos intensos y un poco drásticos, pero no dejó de provocarme una reflexión.
Por supuesto que, el primer panorama que nos planteamos, fue el de una erupción con bombo y platillo que generara, como decía más arriba, un colapso, finalmente. Luego de hablar específicamente de Puebla con su huachicol actual, con los lugares que conocemos (él también es de allá) y que pueden estar en riesgo y por supuesto, de nuestras familias y amigos, nos pasamos a los eventos colaterales que pudieran generarse, incluido obviamente un sismo, entre muchos otros escenarios, en los cuales no voy a ahondar.
Y entonces, no pudimos evitar pasar por el del 19 de Septiembre de hace casi dos años en la Ciudad de México (#19S). No nos enfocamos tanto en nuestras vivencias personales puesto que, esas ya nos las hemos contado y no fue lo que importó en ese momento, sino en un tema un poquito más global. Hablamos de muchas cosas que distinguieron ese evento, principalmente la solidaridad, la unión y cohesión social que experimentamos durante esas semanas e incluso el tema de que el mundo entero volteó a ver a México y mejor aún: nos demostraron su apoyo. Dejamos de lado las historias de intereses políticos, conspiraciones y el destino final de todos esos recursos que se enviaron para apoyar a nuestro país, porque no íbamos precisamente sobre las cuestiones de corrupción, ambición y abuso de poder, sino por algo mucho mayor: de cómo es que, como sociedad, se nos olvidó tan rápido. Claro que nos detuvimos en la energía que fluía por todo el territorio y más allá, en esos días. Y vinieron temas mucho más profundos que tienen que ver con la evolución que la raza humana debe experimentar. Y con la sensibilización. ¡Hasta ese punto nos dió el incidente! Y por supuesto que nos quedamos horas comentando.
¡Lo que hizo un fugaz tronidito en nuestra velada! ¡PUM!
Entre tantas cosas, le conté acerca de un libro que leí cuando fui estudiante, y que se llama “La Mujer Dormida debe dar a luz” escrito por AYOCUAN (que a mí me cambió la perspectiva tanto de mi país, como del rumbo de la humanidad) y que mi amigo no conocía. Desde que lo leí me pareció que los mexicanos debíamos conocer esa información que presenta el autor, para despertar. Les sugiero que lo busquen, porque profundizar en todo lo que dice, resultaría demasiado largo, pero cuando yo lo leí no supe si lo planteado en él, salió de una ficción que desarrolla una teoría nacionalista que cumple muy bien o era casi un vaticinio. Habla, después de explicar el por qué, de un México como potencia mundial (obviamente tras un proceso de cambios a nivel planeta) y nos invita a reconocer nuestra escencia como un pueblo lleno de fuerza y de recursos.
A lo que quería llegar era a que ese proceso, hoy por hoy, no me parece descabellado cuando lo pienso: Estamos en un momento con crisis mundiales muy fuertes, con conflictos en varios países que están modificando sus políticas y que, al mismo tiempo, generan enfrentamientos de una nación a otra, con violencia; con una lucha por los derechos de las minorías oprimidas durante siglos; con las ganas de equilibrar y cambiar muchos aspectos ideológicos que han caducado ya y un sinfín de situaciones que veo día a día desde lo más particular hasta lo general, aderezadas con la destrucción del planeta que progresivamente estamos experimentando.
Creo que vivimos en guerra sin que necesitemos estar literalmente entre cañonazos y misiles, tanques y destrucción. Hasta ahora estamos cada uno viviendo su propia batalla, matizada aún con intentos de pacifismo. Muy moderado todo al parecer. Pero me preocupa.
Y a nivel país creo que no es necesario hablar del hartazgo, la rabia y la necesidad de cambio, que son una constante desde hace años y que, evidentemente, nos está orillando a tomar medidas como pobladores, como apuestas de fe y de coraje que muchas veces no han terminado de generar un resultado. Sin embargo, esto me dice que hay individuos (no todos, obviamente) que sí están al pendiente del ajuste necesario que nuestra organización y disposición, deben sufrir.
Y parece que nos perfilamos hacia un mejor destino (o eso queremos creer), pero siento que nos estamos olvidando de otros asuntos que no son sólo economico-políticos, sino que tienen más que ver con nuestra identidad como nación, con nuestro desempeño individual y nuestra contribución hacia un mejor país y ya como individuos, hacia un mundo que viva en paz.
Porque sí nos corresponde a pesar de venir cargando con el peso de las generaciones que habitaron el planeta antes que nosotros. Hasta donde recuerdo, los más jóvenes que yo (Xennials), tienen otra percepción, conexión y responsabilidad respecto a temas de ecología, tecnología, igualdad, conciencia cívica, de globalización y en general, de su responsabilidad respecto a lo que representa su paso por el planeta. Lo supe y lo he notado en mi contacto con ellos, aunque (no podamos generalizar). Entonces volví a recordar el sismo y muchas otras cosas que me lo han demostrado. Y junto con un dejo de esperanza sentí cierto alivio al saberme rodeado de personas así y que, muy probablemente tengan una vaga idea de hacia dónde debemos ir.
Hasta que, una vez que pasó el impacto inicial de la explosión, cuando llegué a casa no pude evitar el abrir las redes sociales y darme cuenta de que, muchos ni se enteraron y los que sí, opinaron poco y terminaban regresando al tema de la carta petitoria de nuestro presidente al gobierno de España (puesto, al final, como una cortina de humo, por algunos), la lucha feminista, algún evento aislado en otro lugar o de un sector de la población (como el apagón en algunas colonias en la CDMX), algunos muertos por aquí y por allá en algún vago rincón. Y por supuesto había los memes acostumbrados, fotos personales, publicidad y publicaciones intrascendentes. Me desilusionó e indignó.
No sé si el Popo tuvo un pésimo timing o realmente la cortina de humo la mantenemos todo el tiempo frente a nuestra nariz. Estoy totalmente de acuerdo que hay temas de gobierno que atender pero me sorprende que lo hayamos vuelto a dejar pasar, sumergidos en cualquier otra de nuestras aguerridas batallas personales o en el peor de los casos, de nuestras inmutables existencias (según noostros).
Quizá estoy exagerando. Quizá estoy muy al pendiente. Quizá tenga un trauma infantil o tal vez estoy paranóico y la edad me está pegando, pero lo que me quedó rondando en la cabeza fue: ¿Qué Onomatopeya nos hace falta a cada uno para despertar y convertirnos en ciudadanos del mundo conscientes y responsables? ¿Otro PUM? ¿Un TRAC? ¿Un DING-DONG? ¿O algún TOC TOC? ¿Un PRAZ? ¿Qué es lo que necesitamos como sociedad para reaccionar y accionar como sabemos que es apremiante? ¿Para olvidar las diferencias de cualquier clase y convertirnos en seres humanos conectados, igualarnos y ver por el bien común? ¿Qué clase de nueva sacudida estamos esperando? ¿Hasta dónde hay que llegar?
¡ZAZ!

Por cierto: Onomatopeya se refiere a la palabra escrita que recrea un sonido.

Popocatepétl – Julio Espejel

El amor en los tiempos de Fey

por Julio Espejel

¿Y de qué otra cosa va a hablar uno en éstas fechas si no del amor? Podría preguntarles, o más bien contarles, qué representa el festejo del amor y la amistad según Google, pero mi ruta mental no va por ahí.
Respecto al tema, hoy tenemos mucha variedad de opiniones: hay quienes lo odian, precisamente porque no tienen con quién festejarlo, hay a quienes les parece un día común aunque les llegue un incauto con algún detalle y la mejor intención de hacerlos sentir valorados, para otros es el pretexto ideal para encamarse y muchos otros a los que les encanta y están todo ese día repartiendo buena onda y mucha amistad por doquier, sintiendo que traen alas y un arco. Y muy aparte están también los que esperan súper ansiosos la ocasión: todos los que venden chocolates, globos, peluches, condones, tienen cafés, restaurantes o moteles y en un día, sacan lo de una quincena, mínimo.

Personalmente, no creo en los festejos anuales para uno u otro motivo (día de la madre, del padre, del niño, navidad, etc…) porque me parece un placebo para nuestra falta de atención hacia dicho tema los otros 364 días; sin embargo, no es una fecha que me moleste sino que, más bien, me hace recordar las vueltas de la vida, porque muy probablemente, cada 14 lo festejamos con distintas personas, demostrando que nuestro amor o nuestra amistad muchas veces tienen una fecha de caducidad.
Y créanme que no lo digo por amargo: yo realmente creo en el amor. O lo que me hicieron creer que significa esa palabra. Y es ahí justamente donde quiero profundizar un poco.
A ver, vamos creando un contexto:

La década de los 90s la pasé de los 12 a los 22 años. ¡Qué ternura!
Eso quiere decir entonces que, toda la información que recibí durante los años principales en los que uno reafirma su identidad, fueron los 90s: etapa de transición y avance respecto a muchos temas que fueron generando que, los más jóvenes comenzáramos a adueñarnos de nuestras propias decisiones y del futuro del planeta (según).

Internet
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Los de la Generación X, que son los que ya tenían arriba de 15 años, querían hacer grandes cosas y revelarse por completo ante la ya entonces caduca ideología de los Baby Boomers o sea, nuestros padres, básicamente. Sin embargo, no contaban con todo lo que iba a suceder y que, justo aquellos que estaban naciendo en esos años (los millennials), serían una generación mucho más fuerte que vendría ya con muchos chips de adaptación y lucha que, en ese momento no se veían venir todavía; me refiero, de entrada, a la era digital y una nueva forma de globalización que, para la mayoría, iba a representar un cambio radical y nada fácil.

Bueno pues, mientras unos nacían y otros eran los nuevos encargados del planeta, yo estaba apenas en una lucha por definir quién era y empezar a formar mi propio criterio, como bien iba pudiendo. Y de alguna manera porque la década en curso ayudaba bastante y lo iba haciendo casi sencillo; justo porque, en ese entonces, los de mi generación seguían siendo un poco rebeldes contra ciertos temas ya establecidos pero, la verdad, es que seguíamos siendo demasiado fresas.

Queríamos una libertad sexual que no sabíamos dónde vendría a parar, por ejemplo. Había una inmensa necesidad de expresión que se notaba en la forma de vestir y peinarse. Todavía nos tocó (aunque me duela aceptarlo) la televisión de las caricaturas ñoñas, las telenovelas tradicionales y programación deportiva; párale de contar. Todo muy controladito por los medios de comunicación. Leíamos ERES, 15 a 20 y ese tipo de cosas que, ahora entiendo, también nos llevaban por un viaje de descubrimiento hacia lo que representaba pasar de niño a adulto y nos bombardeaban con la moda, las noticias de los famosos y miles de tips para ligar, elegir una carrera, definir tu personalidad y ser alguien en la vida. No diré que eso estaba mal porque, como dije, estábamos buscando romper patrones y ser lo más auténticos posible, alejándonos de las formas. O lo intentábamos.

En mi caso también seguro cuenta el que estaba demasiado imnerso en una escuela católica donde, la mayoría de mis compañeros eran bastante tradicionalistas y de una u otra forma eso me influenciaba. Y justo hacia allá voy.

Recuerdo que, a finales de los 90s, que era más o menos cuando mi vida sentimental iba iniciando, la forma de comportarnos era muy diferente a como funciona hoy en día. No voy a generalizar pero lo común era, por ejemplo, salir varias (a veces muchas) ocasiones con alguien antes de andar y por supuesto era muy difícil que, en un primer acercamiento con alguien, hubiera contacto sexual; se trataba de ir conociendo los gustos, actividades, amistades y forma de pensar de la otra persona para, luego decidir si venía un siguiente paso. Por supuesto, la mayoría respetaba a los ligues o parejas de los amigos y no se usaban los frees todavía y mucho menos andar explorando todos contra todos en un grupo de cuates, aunque quizá sí había ganas de hacerlo. Todavía a muchos, en casa, nos tocó el modelo de la familia tradicional y el matrimonio “hasta que la muerte los separe”. La infidelidad era de lo más reprochable justamente por una educación monógama muy arraigada desde tiempos inmemoriales y con la cual fuimos adiestrados también. Éramos manita sudada y muy fijados en los detalles; recuerdo que todavía usábamos cartitas, recaditos, flores, canciones dedicadas y un sinfín de cosas que seguramente parecerán de lo más cursi para los más jóvenes. Parece de la época de Angélica María pero así fuimos todavía: teníamos la ilusión de un amor de película para permanecer ahí por el resto de nuestros días. ¡Error!

Yo tengo la fea costumbre de rodearme con gente más joven y definitivamente su rollo es otro; todavía no termino de entenderlos por completo. Me sorprende un poco su forma de relacionarse aunque ha llegado el punto en el que también me parece lógica su pensamiento: si no tuvieron chance de experimentar esas cosas, ¿cómo van a tener la misma idea del amor sin haber vivido lo mismo desde que fueron niños? Mientras nosotros escuchábamos “Media naranja”, “Mírame a los ojos” o “Enamoradísimo”, ellos han crecido con “Dame la batidora”, “Sin pijama” o “Felices los 4″, por ejemplo. Es obvio que hay un inmenso abismo de ñoñez entre unas y otras. ¡Y eso seguro debe cambiar tu forma de entender una relación! Para ellos resultaría ridículo cantar: ” estoy tarumba, claro que sí”…

El caso es que, en algún punto llegué a esa conclusión: los jóvenes hoy por hoy, aman de otra manera muy diferente.

El otro día encontré una imagen que les comparto y que, justamente resume parte de lo que pienso: el miedo a enamorarse o al compromiso y a ser lastimado genera una careta muy funcional actualmente y dicta todo un código de comportamiento entre individuos que, lejos de disfrutar de una relación, viven en una lucha de poder y la constante defensa ante la otra persona. ¿Gana el que lastima más y sale ileso? Se trata de perder lo menos hasta el último momento.

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Y entiendo entonces que no podemos pedirle peras al olmo y sin embargo, yo los noto muy despreocupados frente al tema. ¡Así funcionan y ya! Entre packs, memes, publicaciones, bloqueos–desbloqueos, perreo, sexo casual y otro tipo de intereses al buscar una pareja o alguno de sus juguetes sexuales, depende. Al parecer esa es la idea que tienen del amor. Muy diferente a la que me vendieron a mí. Por mi parte más bien defiendo el riesgo a entregarse y estar consciente de que, muchas veces es mejor pagar el precio de un corazón roto a cambio de todos los días inolvidables que pudo regalarnos una persona, al hacernos experimentar esa indescriptible sensación que, estoy seguro, algunos ni conocen por no permitirse llegar al fondo de sus emociones. O porque fueron lastimados. Triste.
Pero yo no son un niño normal. Nací en el auge del amor pop. Como dice Mecano: “yo soy uno de esos amantes…”
Y creo que así seguiré: cantando y bailando ñoñerías cada vez que aparezca ese revoloteo en el estómago.
Soy Xennial, entre otras cosas. ¡Lo siento!

¡Feliz 14 de febrero!
¡Nos leemos después!

1. El sueño

– Julio Espejel

Esta vez tenía planeada para la entrega, una anécdota que ya tengo bastante masticada para presentarles algo que, tiene que ver con los sueños juveniles y me pareció bastante acorde con las fechas que atravesamos ahora, tan aptas para establecer nuestro futuro inmediato.

Sin embargo, durante la madrugada de ayer justamente, me inquietó un sueño que tuve mientras dormía y que, llamó mucho mi atención y me dejó pensando en algo que quisiera compartirles, antes de que lo olvide.
Resulta que, de pronto me doy cuenta que estoy en una reunión tipo una comida, donde hay mucha gente. Yo muy feliz. Entonces, empiezo a platicar con una mujer que conozco desde niños porque es una amiga de la familia, desde nuestros padres. Cuando la charla inicia, me pregunta cómo me va. Yo le contesto todo emocionado que me va muy bien, le platico de las cosas que hago y mis próximos proyectos. Ella se sorprende y me responde con un aire de sabiduría y empieza a darme consejos tipo:

– ¿Oye y por qué no mejor dejas ese trabajo tan informal y te buscas otra cosa que te dé mayor estabilidad?

A lo que yo, obviamente externé mis motivos y rematé con un:

-¿Tú sí tienes un trabajo muy estable, no? Por eso me lo dices…
Ella afirmó. Seguimos conversando.

Le comenté entonces de un coche que me gusta y pretendo comprar. Lo mismo: que ese modelo no era el mejor, que por qué no me compraba tal otra marca que muy buena, etc. Le hice hincapié en que, si ella tenía el coche que me había recomendado o al menos uno de la mentada marca, tomaría muy en cuenta su sugerencia. Yo sabía que no era así. Le hice ver, sutilmente que ¿cómo podía recomendar algo que no conociera realmente? Cambió la conversación y ahora me preguntó acerca de donde vivo.

Me puse a platicarle, justamente, que estaba buscando un nuevo lugar. Por supuesto ella me hizo la mejor guía de los más tranquilos, mejor comunicados, de mejor precio, lo más moderno y remató recomendando que lo mejor para alguien como yo, lo mejor era un departamento de tales características. Riéndome, le dije:

— ¡O sea que ya te dedicas a los bienes raíces! ¡Te felicito!

Y más risa me dio cuando vi que no entendió mi respuesta y siguió hablando, muy quitada de la pena y me preguntaba más cosas, sin piedad. Para todo tenía una respuesta infalible.

Me di por vencido después de que, me hizo replantear mi trabajo, diseñó el departamento “de mis sueños”, me escogió auto, reorganizó mi negocio, me planificó las vacaciones, me dio consejos de cocina, me abrumó con lecciones de ventas y relaciones interpersonales y si me descuido ¡hasta me termina casando con alguien, la muy sin vida propia!

Lo peor es que, cuando decidí no seguir haciéndole caso, ella buscó al primer solitario que se le puso en el camino que, además, era uno de mis grandes amigos. ¡Pobre!

Desperté muerto de risa, literalmente. Entonces traté de entender un poco la situación que mi cabeza había generado porque, de entrada, los comportamientos de mi antagonista, no se parecen en nada al cómo es en la vida real. ¡Y me cayó tan gorda!

Y entonces vino la reflexión matutina mientras seguía hecho bolita bajo las cobijas. Pasé de la risa a la indignación.

Primero traté de comprender el motivo para haber tenido un sueño tan absurdo que me hizo reír tanto. Lo descubrí y así llegué a la siguiente conclusión: desde hace cierto tiempo y debido a ciertos objetivos personales, me hallo muy al pendiente de la disposición de las personas para recibir una idea diferente a la suya y hasta dónde son capaces de llevar las propias.

No es que sea de mi incumbencia mientras a mí no me resten claridad y entusiasmo; cada quién sus decisiones. Pero en este caso, la figura y la postura de este personaje de mi sueño, sí me incumbía porque, entre tantas ganas de persuadirme de lo que ella creía mejor para mí, aderezado con su postura adulta, exitosa y con todas las respuestas en su mano, me resultó chocante. Y lo que te choca te checa, dicen por ahí…

Me di cuenta que, efectivamente, hay muchas personas que tal vez, sin darse cuenta, se dedican a boicotear o tratar de matar el entusiasmeste o de otro sector (el team de Los Soñadores, pongámosle) de los que buscan realizar grandes objetivos. O no tan grandes pero que, al final, son de cada uno.

En esta ocasión no quiero hacer alusión a ninguna generación en específico aunque sea el tema de mi columna pero, a esos malvibrosos yo los nombraría “X” justo por lo que, a los de la generación X los bautizaron así. Repito: en verdad no es alusión sino que, desde hace mucho a las personas y situaciones intrascendentes, les decimos así: “X”.

Y no es por intrigar pero, ¡la fecha de nacimiento de mi amiga, corresponde! Fuera de generalizaciones o prejuicios al respecto. Juro que mi disertación fue hecha esperando comprobar lo contrario. A final de cuentas, sea por parte de quién sea, no está padre venir a contradecir los sueños de nadie, ¡sólo porque tú no te los crees!

¡Una vez más la fortuna de ser Xennial! ¿Cuál eres tú?

Y como la siguiente colaboración trata sobre lo mismo y está relacionada, nos leemos la siguiente semana.

Aprovechen enero, mes de propósitos. O metas.
O sueños…

¡Digan NO a la contaminación, porfa!

La crisis de Año Nuevo

– Julio Espejel

No sé ustedes pero para mí, el recién finalizado 2018 fue un año bastante duro, lleno de pruebas y lecciones, pero no podría decir que fue un mal año. Al contrario: fue de los más significativos, cambiantes y cargado de replanteamientos en objetivos, relaciones e incluso maneras de pensar y actuar.

No quiero decir que para todos haya sido igual: seguro hay quienes opinan que fue terrible. Y sí: lo fue si no entendimos que todo apuntaba hacia un ajuste y un nuevo comienzo para el cual, era indispensable recibir algunas sacudidas fuertes y volver a nosotros mismos antes de seguir adelante hacia una nueva fase a nivel global. Pero esa afirmación puede sonar extraña y pretenciosa para algunos de ustedes y solamente la dejarán pasar.

Insisto: no todos lo verán del mismo modo aunque estoy seguro de que el putazo nos llegó en general, en mayor o menor grado. Pero ese no es el punto sino que, justo a días de haber comido las 12 uvas, me siento con una especie de resaca que me dejó el cambio de año; después de tantas ganas de festejar a tope todo lo ocurrido durante esos 365 días que, al consumirse en el calendario, me hicieron llorar de agradecimiento y felicidad. Bueno de por sí soy bien chillón, eso sí.

El caso es que, después de ese tránsito que para muchos es solo una convención (porque el tiempo es una estructura y las ganas de cambiar no tienen que ver con una fecha, dirán), algo se modificó y de pronto me encontré con que estaba sintiendo un inexplicable vacío. Así que me puse a examinar el motivo del mismo. No podría definirlo exactamente: fue como ese remordimiento cuando uno compra cosas y después se arrepiente por haberlo hecho, como un examen de conciencia antes de confesarse, como una depresión post-tacha o el momento incómodo en el que uno sabe que acaba de decir una imprudencia sin pensar; como una cruda de ron barato o la impresión de estar rodeado de mucha gente pero al final, con una sensación de abandono y soledad. Realmente no puedo describir esa extraña emoción aunque, al final creo que no era más que el miedo a lo que está por llegar en una nueva etapa. Y entonces comprendí que resulta casi normal cuando tantas cosas se han sucedido y han movido los aspectos que teníamos establecidos como algo seguro. Y esos avances causan incertidumbre.

Y me di cuenta además, de que muchas veces buscamos un desajuste donde ni siquiera existe y vamos de crisis en crisis: la de los 20, la de los 30, la de una relación de pareja, la existencial, la de identidad, la vocacional, la económica, la menopausia, etc. Y justo me inventé, inexplicablemente una crisis de Año Nuevo cuando en realidad lo único que me correspondía era agradecer por el momento en el que se encuentra mi vida.

Entonces entendí otra cosa: muchas veces nos olvidamos de escuchar lo que nuestros sueños y nuestra voz interior nos aconseja y efectivamente, lo cambiamos por cosas materiales que nos distraen de los pequeños detalles que nos brindan la alegría por vivir (cosas como las compras, el ron, la religión, las tachas o esa necesidad de estar siempre acompañados, que mencionaba).

No intento ser moralista ni nada por el estilo, sino solamente compartir con ustedes esta reflexión e invitarles a que, si tienen propósitos para el 2019, los mantengan realmente y trabajen en ellos todo el tiempo (no sólo unas semanas) pero que también estemos pendientes de vivir plenamente cada uno de los días y sus noches, buscando esos detalles que dejamos de tomar en cuenta; sonrían todo el tiempo, compartan las horas con su gente en persona, seamos congruentes, consistentes, amables y prudentes. Recuerden también darse espacio para ustedes mismos y que se demuestren que, efectivamente, las buenas intenciones y el crecimiento personal no es cuestión de un festejo de cambio de año sino de un cambio de disposición hacia todo lo increíble que nos llegará durante los siguientes meses, hasta que vuelvan a soñar las 12 campanadas otra vez.

Les deseo un año muy lleno de cosas fantásticas y de la capacidad de maravillarse y mirar todo lo bueno que se nos brinda muchas veces, disfrazado de algo que creemos malo, sin importar nuestra edad, condición o forma de pensar. Les envío un saludo y nos seguiremos leyendo. ¡Por un feliz 2019 que está recién desempacado!