¡PUM! (Onomatopeya)

Por Julio Espejel

Twitter: @JulioEspejel_R

27/03/19

Estaba muy tranquilamente platicando con un amigo de años cuando, de pronto, escuché un tronido sordo, que me hizo interrumpir la conversación con la pregunta:
“¿Qué se escuchó?”
“No lo sé”, contestó él. Y seguimos platicando como si nada.
A los pocos minutos se enteró en las redes sociales de que el volcán Popocatépetl (que nos queda relativamente cerca), había tenido una explosión no tan discreta, que se había escuchado en un radio de hasta 45 kilómetros de distancia. “Por eso lo escuchamos”, pensé. Y entonces se vino toda una plática respecto al suceso.
Habiendo vivido en el estado de Puebla durante muchos años, desde niño tengo muy presente la imagen del mismo. Para ser honestos, muchas noches mientras tenía esa edad, no pude dormir por la angustia de que hubiera una erupción apocalíptica en la que se generara una destrucción a la redonda que colapsara nuestras vidas perfectas de poblanos. Así lo veía yo: era un niño.
Conforme pasaron los años fui calmando esos miedos infantiles y me di cuenta de que “Don Goyo”, como le decimos amigablemente al volcán, no representaba ese riesgo ya que, algunas profecías, investigaciones y declaraciones científicas decían que el Popo nunca haría erupción, que no era probable que explotara de una manera violenta por las ligeras exhalaciones que tenía durante los años y que lo calmaban o incluso que, definitivamente a nosotros no nos tocaría presenciar algo así. Y lo creí, para disminuir mi preocupación y vivir en paz con tremendo monstruo de energía al alcance de mi vista todos los días. Hoy ya no estoy confiado.
Todo con aquél simple ¡PUM!

Popocatepétl – fotografía de la red 

No es que hayamos querido ponernos trágicos mi amigo y yo, pero el señor anda un poquito desatado en los últimos años así que, el tema en realidad se volcó sobre de otros que no están directamente relacionados. He de decir que, durante la conversación nos pusimos intensos y un poco drásticos, pero no dejó de provocarme una reflexión.
Por supuesto que, el primer panorama que nos planteamos, fue el de una erupción con bombo y platillo que generara, como decía más arriba, un colapso, finalmente. Luego de hablar específicamente de Puebla con su huachicol actual, con los lugares que conocemos (él también es de allá) y que pueden estar en riesgo y por supuesto, de nuestras familias y amigos, nos pasamos a los eventos colaterales que pudieran generarse, incluido obviamente un sismo, entre muchos otros escenarios, en los cuales no voy a ahondar.
Y entonces, no pudimos evitar pasar por el del 19 de Septiembre de hace casi dos años en la Ciudad de México (#19S). No nos enfocamos tanto en nuestras vivencias personales puesto que, esas ya nos las hemos contado y no fue lo que importó en ese momento, sino en un tema un poquito más global. Hablamos de muchas cosas que distinguieron ese evento, principalmente la solidaridad, la unión y cohesión social que experimentamos durante esas semanas e incluso el tema de que el mundo entero volteó a ver a México y mejor aún: nos demostraron su apoyo. Dejamos de lado las historias de intereses políticos, conspiraciones y el destino final de todos esos recursos que se enviaron para apoyar a nuestro país, porque no íbamos precisamente sobre las cuestiones de corrupción, ambición y abuso de poder, sino por algo mucho mayor: de cómo es que, como sociedad, se nos olvidó tan rápido. Claro que nos detuvimos en la energía que fluía por todo el territorio y más allá, en esos días. Y vinieron temas mucho más profundos que tienen que ver con la evolución que la raza humana debe experimentar. Y con la sensibilización. ¡Hasta ese punto nos dió el incidente! Y por supuesto que nos quedamos horas comentando.
¡Lo que hizo un fugaz tronidito en nuestra velada! ¡PUM!
Entre tantas cosas, le conté acerca de un libro que leí cuando fui estudiante, y que se llama “La Mujer Dormida debe dar a luz” escrito por AYOCUAN (que a mí me cambió la perspectiva tanto de mi país, como del rumbo de la humanidad) y que mi amigo no conocía. Desde que lo leí me pareció que los mexicanos debíamos conocer esa información que presenta el autor, para despertar. Les sugiero que lo busquen, porque profundizar en todo lo que dice, resultaría demasiado largo, pero cuando yo lo leí no supe si lo planteado en él, salió de una ficción que desarrolla una teoría nacionalista que cumple muy bien o era casi un vaticinio. Habla, después de explicar el por qué, de un México como potencia mundial (obviamente tras un proceso de cambios a nivel planeta) y nos invita a reconocer nuestra escencia como un pueblo lleno de fuerza y de recursos.
A lo que quería llegar era a que ese proceso, hoy por hoy, no me parece descabellado cuando lo pienso: Estamos en un momento con crisis mundiales muy fuertes, con conflictos en varios países que están modificando sus políticas y que, al mismo tiempo, generan enfrentamientos de una nación a otra, con violencia; con una lucha por los derechos de las minorías oprimidas durante siglos; con las ganas de equilibrar y cambiar muchos aspectos ideológicos que han caducado ya y un sinfín de situaciones que veo día a día desde lo más particular hasta lo general, aderezadas con la destrucción del planeta que progresivamente estamos experimentando.
Creo que vivimos en guerra sin que necesitemos estar literalmente entre cañonazos y misiles, tanques y destrucción. Hasta ahora estamos cada uno viviendo su propia batalla, matizada aún con intentos de pacifismo. Muy moderado todo al parecer. Pero me preocupa.
Y a nivel país creo que no es necesario hablar del hartazgo, la rabia y la necesidad de cambio, que son una constante desde hace años y que, evidentemente, nos está orillando a tomar medidas como pobladores, como apuestas de fe y de coraje que muchas veces no han terminado de generar un resultado. Sin embargo, esto me dice que hay individuos (no todos, obviamente) que sí están al pendiente del ajuste necesario que nuestra organización y disposición, deben sufrir.
Y parece que nos perfilamos hacia un mejor destino (o eso queremos creer), pero siento que nos estamos olvidando de otros asuntos que no son sólo economico-políticos, sino que tienen más que ver con nuestra identidad como nación, con nuestro desempeño individual y nuestra contribución hacia un mejor país y ya como individuos, hacia un mundo que viva en paz.
Porque sí nos corresponde a pesar de venir cargando con el peso de las generaciones que habitaron el planeta antes que nosotros. Hasta donde recuerdo, los más jóvenes que yo (Xennials), tienen otra percepción, conexión y responsabilidad respecto a temas de ecología, tecnología, igualdad, conciencia cívica, de globalización y en general, de su responsabilidad respecto a lo que representa su paso por el planeta. Lo supe y lo he notado en mi contacto con ellos, aunque (no podamos generalizar). Entonces volví a recordar el sismo y muchas otras cosas que me lo han demostrado. Y junto con un dejo de esperanza sentí cierto alivio al saberme rodeado de personas así y que, muy probablemente tengan una vaga idea de hacia dónde debemos ir.
Hasta que, una vez que pasó el impacto inicial de la explosión, cuando llegué a casa no pude evitar el abrir las redes sociales y darme cuenta de que, muchos ni se enteraron y los que sí, opinaron poco y terminaban regresando al tema de la carta petitoria de nuestro presidente al gobierno de España (puesto, al final, como una cortina de humo, por algunos), la lucha feminista, algún evento aislado en otro lugar o de un sector de la población (como el apagón en algunas colonias en la CDMX), algunos muertos por aquí y por allá en algún vago rincón. Y por supuesto había los memes acostumbrados, fotos personales, publicidad y publicaciones intrascendentes. Me desilusionó e indignó.
No sé si el Popo tuvo un pésimo timing o realmente la cortina de humo la mantenemos todo el tiempo frente a nuestra nariz. Estoy totalmente de acuerdo que hay temas de gobierno que atender pero me sorprende que lo hayamos vuelto a dejar pasar, sumergidos en cualquier otra de nuestras aguerridas batallas personales o en el peor de los casos, de nuestras inmutables existencias (según noostros).
Quizá estoy exagerando. Quizá estoy muy al pendiente. Quizá tenga un trauma infantil o tal vez estoy paranóico y la edad me está pegando, pero lo que me quedó rondando en la cabeza fue: ¿Qué Onomatopeya nos hace falta a cada uno para despertar y convertirnos en ciudadanos del mundo conscientes y responsables? ¿Otro PUM? ¿Un TRAC? ¿Un DING-DONG? ¿O algún TOC TOC? ¿Un PRAZ? ¿Qué es lo que necesitamos como sociedad para reaccionar y accionar como sabemos que es apremiante? ¿Para olvidar las diferencias de cualquier clase y convertirnos en seres humanos conectados, igualarnos y ver por el bien común? ¿Qué clase de nueva sacudida estamos esperando? ¿Hasta dónde hay que llegar?
¡ZAZ!

Por cierto: Onomatopeya se refiere a la palabra escrita que recrea un sonido.

Popocatepétl – Julio Espejel

Helados hechos de latidos

Empezó el pequeño viaje entre carretera y esos caminos llamados veredas. Lo disfruto, veo los volcanes y llega a mí ese extraño orgullo. Claro, Puebla es un valle custodiado por gigantes; la mujer dormida está vestida de blanco y adornada con almohadas blancas, en cambio Don Goyo está calientito. Ah,sí, ya recuerdo: es diciembre. Sobre el trayecto miro árboles de míspero, es una pequeña fruta parecida al durazno, sólo que su textura es lisa y más pequeña. Llego por fin a San Andrés Calpan,  encuentro puestos de comida. Muero por una memela, huelen a media calle, pero luego veo barbacoa y me ofrecen consome. Simple todo. Termino el desayuno.
De mis padres aprendí que siempre cuando llegas a un nuevo lugar debes visitar el zócalo, la iglesia y el mercado para conocer a la comunidad. Me voy acercando al centro y veo aparecer una estatua de bronce: Popocatépetl con Iztaccíhuatl en brazos, el carro sigue andando, por fin llego al centro, entro al convento y veo una construcción medieval, la habitan la orden de los franciscanos.
Fotografía de Miriam Ramírez
Fotografía de Miriam Ramírez González
Lo interesante al paladar: Helado y no cualquier helado, son fabricados con productos naturales: “Del árbol al helado”, esa frase me atrapa y me detengo a probarlos, observo sus carteles súper chick, maíz azul, maíz rojo, flor de cempasúchil, tejocote y tecuín.
Tecuín es una palabra náhuatl que significa “latidos”.
Los ingredientes de este helado son: Naranja, tecojote, guayaba, anís y alcohol de caña.
Me atrapa enseguida, pruebo casi todos y el amor me entra por los ojos. Me entregan mi helado en una hoja de maíz perfecta, el helado va acompañado por una cucharita de madera y una tostada natural de maíz azul sin grasa ni conservadores. Sin duda alguna el helado mexicano también es una artesanía llena de sabores, olores, texturas y riqueza cultural.
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Fotografía de Miriam Ramírez González
¿El lugar para degustar de esta delicia?
Heladería y cafetería Coyotlitla, ubicados en San Pedro Cholula 6 poniente y 3 norte.
Agradecemos a Martín Téllez por la información y disposición.