Adiós sin esperanza

– Daniel Pérez Juárez

Ella se asomaba entre la multitud, su mirada reflejaba tristeza y soledad. A su alrededor una banda de viento adornaba su búsqueda. La gente gritaba, se movía al compás de la lluvia entre gritos y risas.
Pero ella sólo lo buscaba a él, que se encontraba distraído, acostumbrado a su pensamiento interior; con los audífonos puestos, retando al ambiente de la multitud y con los zapatos mojados por el pasto húmedo bajo la lluvia incesante. Levantó su vista y la encontró. El tiempo seguía para los demás, pero ellos fecundaron eternidad. Sus pupilas se cruzaron como flechas dando en el blanco.
En su vista periférica, todos desaparecieron, sólo quedaba la carpa y un espacio inagotable entre sus cuerpos. Sus miradas mostraban la impotencia de lo que alguna vez fue amor. Surgieron preguntas sin responder, y la oquedad entre las gotas se llenó de desconsuelo y mentiras piadosas que pudieron reconocer.
La repentina seriedad en sus rostros era la luz que consumía el hoyo negro de su indiferencia… Dejaron de mirarse, entonces él se fue dando un último gesto, y con un movimiento de su mano derecha, sello el adiós. Ella sólo pudo ver como se marchaba y se desvanecía ligado a la lluvia.
Él bajó las escaleras como desciende el agua de una cascada: rápido y nunca hacia arriba. Las lágrimas de ambos se confundieron con la tormenta, nadie notó esa despedida anunciada, nadie, nadie, nadie, y eso fue en lo que él se convirtió en ese momento, en nadie, en la nada.

Los únicos que entendieron la realidad

– Marco Pérez

No vamos a engañar a nadie:
después de la tormenta
nunca llega la calma.
Nos quedan la inundación
y la tristeza de los árboles mutilados.
¿Qué nos espera a nosotros
si hasta un tronco atado a la tierra
se inclina ante la tempestad?
Habrá que renunciar
al heroísmo,
dejarnos llevar por
estas cloacas
que nos arrastran
inevitablemente
como cuerpos de animales muertos.
No nos mintamos,
aquí ni ganan los buenos
ni los hijos de puta
reciben su merecido;
aquí sólo se salvan
los que se suicidan,
los únicos que entendieron la realidad
y se arrojaron al mar
atados a su peso.
Benditos sean los suicidas,
si tuviera una religión,
ellos serían mis santos.