Adiós sin esperanza

– Daniel Pérez Juárez

Ella se asomaba entre la multitud, su mirada reflejaba tristeza y soledad. A su alrededor una banda de viento adornaba su búsqueda. La gente gritaba, se movía al compás de la lluvia entre gritos y risas.
Pero ella sólo lo buscaba a él, que se encontraba distraído, acostumbrado a su pensamiento interior; con los audífonos puestos, retando al ambiente de la multitud y con los zapatos mojados por el pasto húmedo bajo la lluvia incesante. Levantó su vista y la encontró. El tiempo seguía para los demás, pero ellos fecundaron eternidad. Sus pupilas se cruzaron como flechas dando en el blanco.
En su vista periférica, todos desaparecieron, sólo quedaba la carpa y un espacio inagotable entre sus cuerpos. Sus miradas mostraban la impotencia de lo que alguna vez fue amor. Surgieron preguntas sin responder, y la oquedad entre las gotas se llenó de desconsuelo y mentiras piadosas que pudieron reconocer.
La repentina seriedad en sus rostros era la luz que consumía el hoyo negro de su indiferencia… Dejaron de mirarse, entonces él se fue dando un último gesto, y con un movimiento de su mano derecha, sello el adiós. Ella sólo pudo ver como se marchaba y se desvanecía ligado a la lluvia.
Él bajó las escaleras como desciende el agua de una cascada: rápido y nunca hacia arriba. Las lágrimas de ambos se confundieron con la tormenta, nadie notó esa despedida anunciada, nadie, nadie, nadie, y eso fue en lo que él se convirtió en ese momento, en nadie, en la nada.

Historia del día 1

por Genaro Luna Carreto

No todo es mentira, algún día moriremos

Tenía como media hora esperando a alguien. Apoyando mis codos en la cerca, veía hacia el lago de CU. Verde. Diversos verdes. Más allá, varios pajarillos subían y bajaban. Todos peleaban al parecer con una urraca. La ataban sin compasión. Después, con giros espectaculares y trinando se hundieron en el horizonte. No sé si fue suerte o mala suerte, pero la urraca mal herida, llegó a caer de golpe cerca de mí. Exactamente a tres metros de mí. Le vi sus pupilas dilatadas intentando vivir. Su pico se abría y cerraba dejando ver su lengua picuda sacudiéndose fuertemente. Movía sus patas y el polvo formaba pequeños remolinos. Yo, desde fuera, veía como se agitaban sus alas, su pecho. Finalmente, dejó de moverse ante mi indiferencia. Sus ojos se llenaron de tierra al dejar de parpadear. Supongo que todos en algún momento estaremos así, como ese pájaro negro, muriendo sin que nadie pueda hacer nada por nosotros. Entonces, el claxon de un auto sonó fuerte y repetidamente. Me levanté y desde mi ventana vi con tristeza que no me hablaban a mí. Yo sigo acostado, esperando que ocurra algo interesante en mi vida. No sé por qué siempre cuando se está triste se inventan historias. Ya sea con pajarillos o urracas asesinadas.